Artículo de Mario Crespo, publicado en el diario ALERTA de Cantabria. 8 de abril de 2012.
En memoria de Juan Antonio Pereda de la Reguera
El pasado 20 de marzo ha fallecido en su Santander natal, a los 89 años, Juan Antonio Pereda de la Reguera, presencia constante en cuantas iniciativas culturales se han realizado en nuestra tierra en las últimas décadas, muchas veces en un segundo plano, pero otras fomentando homenajes y ediciones como dinamizador de iniciativas. A Juan Antonio, “Toño”, le conocí en las reuniones del Centro de Estudios Montañeses, del que era uno de los socios más veteranos. Pero tuve la ocasión de frecuentarle en las reuniones de su casa en “Villa Pereda”, en el paseo de Canalejas, y por supuesto gracias al contacto con otros Pereda, miembros de una de las familias de mayor repercusión cultural en Cantabria, y gracias a la amistad de su mujer, la pintora Gloria Torner, artista permanentemente joven, y de su hija, Gloria Pereda Torner. Recuerdo la imagen juvenil de Gloria Torner pintando en Puerto Chico, en el folleto de la que creo que fue su primera exposición individual en el Ateneo de Santander, a principios de los sesenta. Por entonces los hermanos Pereda de la Reguera eran ya prohombres de la cultura santanderina. Manuel, escultor, novelista e historiador, fue vicepresidente del Centro de Estudios Montañeses y presidente del Ateneo. Otro hermano, Ángel, fue jefe de Medicina Nuclear de Valdecilla. Acaso la trayectoria de Juan Antonio no fuera tan prestigiada en puestos relevantes como la de sus hermanos, pero en él se ha destacado, aparte de diferentes negocios empresariales, su participación en varias federaciones deportivas, consecuencia de su gran afición a la esgrima, el tiro o la hípica. Volcado en la irrefrenable vocación pictórica de Gloria Torner, y más tarde de su hija, conoció a numerosas personalidades de nuestra cultura. Fue el impulsor y coordinador de las treinta y tres ediciones que se hicieron de los “Homenajes a los artistas cántabros” en Cabezón de la Sal, desde 1974 hasta 2007. Cada mes de agosto, gracias a Juan Antonio y el apoyo de diversas entidades, el ayuntamiento cabezonense acogía el homenaje público a un artista ya fallecido, empezando por César Abín en 1974 y acabando por Esteban de la Foz en 2007. Ahorro al lector el listado de artistas homenajeados, aunque es toda una acertada panoplia de nombres propios de nuestra cultura. Un monumento de desafortunada factura, en el parque del Poblado Cántabro, deja constancia de estas conmemoraciones. No volverá a tener ese ayuntamiento un colaborador tan pertinaz y gustoso del encuentro de diferentes sensibilidades en torno al arte, capaz de concitar tantos impulsos para celebrar la creación plástica y la poesía. En el recuerdo de quien ya no podrá ver cualquier acto en que se reivindique su papel, tendría un notable interés la edición, en un libro homenaje, de los cataloguitos editados por Juan Antonio cada año, dedicados a cada artista, con ilustraciones y textos de críticos que a veces se escribían expresamente para este notable fin. No sería algo demasiado costoso y cumpliría un doble objetivo: dejar constancia de una actividad cultural inaudita en Cantabria y homenajear a quien lo impulsó, con ilusión admirable. Fue Juan Antonio editor cuidadoso. Suya es la preparación de las ediciones de “Gloria Torner en la voz de los poetas” (conozco la de 2001), preciosa antología de la pintura de Gloria trastocada en la poesía de los amigos. Recuperó viejas caricaturas parisinas de su amigo César Abín, publicadas por primera vez en 1932, en el libro “Retratos de artistas, críticos de arte y marchands” (2003). Además preparó la obrita de su hermano Manuel “¿Quiso Cervantes montañés a don Quijote?” (2005), que permanecía inédita desde su lectura en el Congreso Cervantino de 1978. Y seguramente estuvo detrás de otros títulos que se me escapan ahora. Juan Antonio era un hombre muy cordial. Nadie puede negar su simpatía; rara vez, sobre todo en sus reuniones familiares, pasaba mucho tiempo sin que emanara de su semblante una sonrisa que casi siempre era contagiosa. Dotado de una proverbial generosidad, quienes le han tratado pueden afirmar que sus actos le alejaban de otros contemporáneos carentes de cualquier sentido altruista. Seguramente era consciente de que, con independencia de lo que exista al otro lado de la muerte, la vida hay que llenarla de actos provechosos y conciliadores. “Toño”, lo digo con orgullo y agradecimiento, me proporcionó materiales importantes de su propio archivo para la realización de algunos libros. Su biblioteca, con ese desorden maravilloso que tienen las bibliotecas vivas, ha sido testigo de una existencia cuajada en el amor a la cultura, y en ella puede encontrarse un material que, por desgracia, es raro en otras bibliotecas, incluso públicas. Juan Antonio Pereda de la Reguera ha sido una las personas más buenas que he conocido. Y aquí dejo en palabra algo de su recuerdo, que siempre ha de acompañarnos para mirar la cultura desde ese lado amable y generoso que le da el más profundo de sus sentidos.



















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