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La caverna

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Artículo de Mario Crespo. Incluido en la Colección Efímeros de La palabra olvidada (edición de diciembre de 2011).

La caverna

Ya no se trata de lo que uno sepa o deje de saber. Ni mucho menos (lo digo ya en el inicio) aquello de lo que puedan presumir estas pobres líneas. El conocimiento es un terreno amplísimo y variado, que nunca se alcanza del todo en casi ningún tema y que, obviamente, puede recorrerse por diferentes caminos, muchos de ellos contrapuestos. La experiencia y la memoria que nos va conformando a cada uno como seres humanos es un cruce de senderos que van enriqueciendo nuestra perspectiva de este paisaje extraño y acumulativo, lleno de planos y contraplanos, que es la vida. Insisto en que no se trata de lo que uno sepa o deje de saber, sino de la capacidad que a veces tanto se prodiga de elogiar la incultura, como si se tratara verdaderamente de un nuevo descubrimiento válido y a todas luces descalificador. Este elogio de la incultura se ve incluso en foros universitarios, donde algunos ponentes se atreven a pontificar sobre un “todo vale” desarraigante y falto de sentido: a final, la búsqueda de una inercia alienante y acrítica. Algunos se precian verdaderamente de no saber nada: los medios de comunicación a menudo ofrecen noticias chorras y comportamientos ejemplares, en este desgraciado sentido. Algunos personajes de los “mass media” son citados precisamente por sus alardes de incultura, para gozo de la comunidad mortal. Internet es un terreno pródigo para quienes fomentan actitudes no muy edificantes, con la ventaja añadida del anonimato. Personas cuya pena no es, pongo por caso, no haber podido optar a determinados estudios, no haber aprendido nada de la vida o no tener demasiado interés por mejorarse y saber cosas, sino hacer alarde de lo que no saben y conformarse con una situación que en apariencia les sitúa en una inferioridad insidiosa. Claro está que la ignorancia también puede ser un territorio cómodo. En un caso extremo, los filósofos, fascinados con su propio ansia de conocimiento, se han encontrado a veces de bruces con la angustia vital, la misma que otros han sufrido por otros caminos. La búsqueda de la verdad no da la felicidad, pero refuerza el sentido de una ética. El ateniense Platón lo narró en su mito de “La caverna”, cimiento simbólico para la comprensión de nuestra existencia. Unos hombres están encerrados en una cueva, encadenados, mirando hacia el fondo de ella, en la que sólo se proyectan unas sombras. Esas sombras no son la verdad, sino sólo un reflejo de objetos y seres cuya existencia ignoran. Un día uno de esos hombres logra desatarse y se atreve a salir de la cueva. Comprueba que los reflejos son sólo restos de la realidad y que existen otros seres. Comprueba, incluso, que la hoguerilla de la oquedad no puede compararse a la gran hoguera que es el sol, que también da sombras. Cuando regresa a la cueva para contar lo que ha visto, para hacer partícipes a los demás su conocimiento, no sólo recibe de sus compañeros incomprensión e intolerancia, sino la muerte misma. El conocimiento se acaba pagando caro. Y además asusta, así de sencillo: “es peligroso asomarse al interior”, dicen. Es mejor dejarse llevar y apenas valorar, sino en la intimidad, lo que este conocimiento nos puede proporcionar, aunque eso implique renunciar a cuanta capacidad de renovación o mejora social pueda proponerse. Todo el conocimiento del mundo está en internet: lo que no sabemos, lo guardamos en ese mundo de virtualidad que tal vez no sea sino una leve sombra inerte, tal vez no sea sino la caverna de los claroscuros. A golpe de ratón hayamos las respuestas que otros han escrito, sin asumirlas ni criticarlas, simplemente aceptándolas como procedentes del gran oráculo de Delfos. Cada uno ocupa su rol en este juego de estrategias y situaciones: el conferenciante es conferenciante, el poeta es poeta, el escritor es escritor y el artista es artista. Y cada uno, adornándose con las falsas flores del triunfo, se llama a sí mismo lo que, en muchos casos, sólo quisiera ser, sin serlo, en realidad. Vanidad de vanidades. Alcanzaremos todos las más altas cimas de la miseria y quizá al final de nuestro viaje sólo hayamos aprendido que hubiéramos necesitado habernos tomado la vida y su conocimiento de otra manera, haber salido de la caverna en la que nos han metido. Naturalmente, puede incluirme el lector en todo ello. El mismo lector que disculpará que rescate estas palabras de Enrique Menéndez Pelayo sobre sí mismo, hoy enteramente olvidadas, las únicas palabras que en verdad valen algo en toda esta columna: “Y tú, ¿qué haces ahí, oscuro y solo? ¿Por qué no has de aspirar al lugar de esos otros, que son ensalzados, que logran aplauso, que gozan en todo su sabor la vida?”. Y mirando a esta tapia se me ocurre a mí responder: –¿Que qué hago en mi soledad? Pues esto: ver cómo en mi honor las tapias echan flores….

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150 años de Enrique Menéndez Pelayo

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150 años de Enrique Menéndez Pelayo

Artículo de Mario Crespo.

 

150 años de Enrique Menéndez Pelayo

El pasado 8 de diciembre se cumplían exactamente 150 años del nacimiento de Enrique Menéndez Pelayo, hermano de Marcelino. Las efemérides vienen a señalar los puntos de atención de las sociedades en sus personalidades y acontecimientos culturales. En esta ocasión, sin embargo, apenas se ha hecho nada en Santander por reivindicar la figura de este médico y escritor, del que ayer, muy modestamente, dejábamos algún esbozo en la sección “La cuna y la palabra” del suplemento “Santander city” de ALERTA. Se me podrá decir que se trata de un autor menor, en absoluto comparable a su hermano, al que admiró y cuidó cuanto pudo. Pero no es menos cierto que cometemos injusticias con muchos nombres propios del pasado, sepultándolos en un olvido que seguramente no merecen, ni por lo que hicieron ni por lo que significaron en su momento. En esta consideración histórica cabe destacar varios prejuicios.

Enrique Menéndez Pelayo por Araúna

Enrique Menéndez Pelayo por Araúna

Uno de ellos tiene que ver con el peso sustantivo de la Guerra Civil y la Dictadura: han dejado estos hechos, y con sobrado motivo, tantas implicaciones en nuestra manera de ver España, que apenas percibimos la importancia en el devenir contemporáneo de las décadas inmediatamente anteriores, las de la Restauración, que en Santander y su provincia tuvieron especial importancia por diversos motivos que tienen que ver con el crecimiento económico e industrial, los problemas sociopolíticos, el desarrollo urbanístico, las mejoras asistenciales y benéficas, los efectos del capital indiano, el auge cultural de un cierto regionalismo montañés, el veraneo regio, etc. Pueden señalarse además algunas carencias en nuestro conocimiento del pasado y sus protagonistas que tienen que ver con la ausencia de fuentes o un escaso interés por acometer su estudio. Esta pobreza es aún mayor cuando se trata de las biografías, terreno que está casi yermo en nuestro país. Todo ello afecta a Enrique Menéndez Pelayo, nacido segundón prácticamente en todo, y que hizo de su vida, en realidad, un canto literario a la vida sencilla. Tituló sus memorias, incompletas y póstumas, “Memorias de uno a quien no sucedió nada”, con toda la modestia de quien se consideraba bien poco en el ámbito literario, y más en comparación con el genio de su hermano. Pero este título no le hace justicia, en realidad, puesto que su biografía no fue pobre ni parca en sucesos, aunque aconteciera sobre todo en un Santander burgués en el que parecía que nada cambiaba nunca. Fue Enrique Menéndez médico sin vocación, aunque durante años trabajara en el hospital de San Rafael y atendiera a las víctimas de la epidemia de cólera de 1885 y de la explosión del buque “Cabo Machichaco” en 1893; no se olvide que fue “médico particular” de su hermano y que durante años le aconsejó sabiamente sobre su reuma y otras dolencias. Enfermo de neurosis (como tantas otras personas, como por ejemplo José María de Pereda) y con un espíritu romántico tendente a la melancolía (sufrió además la muerte de su primera esposa), Enrique Menéndez fue atendido de su enfermedad psíquica en Madrid y París; incluso Charcot, profesor de Freud, le escribió al respecto. Desde el punto de vista literario, en poesía fue discípulo directo y reconocido de Amós de Escalante. Gerardo Diego reconoció la influencia directa que habían sentido sus versos del “Cancionero de la vida quieta” y sobre todo del “Romancero de una aldeana”. Tertuliano solicitado y prolífico colaborador de prensa, su prosa (“El idilio de Robleda”, “Interiores”), hoy olvidada, captó la atención crítica de su tiempo. Excelente recitador y dotado de una memoria prodigiosa, ensalzada por sus contemporáneos, tuvo pretensiones teatrales y llegó a estrenar varias obras en el gusto de la comedia burguesa de la época; pese a su discreción, no puede negarse que “Las noblezas de don Juan” y “Del mismo tronco” fueron estrenadas con éxito en el convulso Madrid del momento, y que “Rayo de luna” fue muchas veces representada en diferentes ciudades, incluyendo varias veladas benéficas. Mención aparte merece su intervención en la creación de La Gota de Leche, la Biblioteca Municipal o el Ateneo de Santander, así como en la erección del monumento a Pereda y los homenajes a Amós de Escalante y José María de Aguirre. Cuando murió Marcelino vigiló el cumplimiento de su testamento y derechos literarios. Los responsables de la Biblioteca de Menéndez Pelayo van a publicar su biografía y bibliografía, además de un DVD con sus artículos de prensa; este será un justo homenaje a Enrique Menéndez, no me cansaré de escribirlo, pese a la pasividad de tantos que se dicen defensores de lo nuestro.

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Su tres de noviembre

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Artículo de Mario Crespo para el diario ALERTA de Cantabria. 6 de noviembre de 2011.

Su tres de noviembre


Cada vez estoy más convencido de que una de las lecturas obligatorias para un santanderino que se precie deberían ser las “Memorias de uno a quien no sucedió nada”, de Enrique Menéndez Pelayo, el hermano de don Marcelino. Que yo sepa, tiene edición de 1983, a cargo de Benito Madariaga, publicada por Estvdio en su colección Cabo Menor, aparte de la primera edición, que salió póstuma en 1922 al cuidado de Alberto López Argüello. Una nueva tirada con notas actualizadas podría ser recurso muy interesante para el ámbito educativo, por ejemplo, ya que por ahora ni por asomo figura en el curriculum de libros de autores cántabros para los niveles de ESO y Bachillerato esta obra sencilla y amena, que proporciona además un conocimiento muy significativo de una época importante para (continuar…)

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La abandonada tumba de los Menéndez Pelayo

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La abandonada tumba de los Menéndez Pelayo

Por Mario Crespo. Aparecido en el diario ALERTA el 29 de octubre de 2011.

La abandonada tumba de los Menéndez Pelayo

Prácticamente oculta bajo un árbol que casi abraza la piedra, en la parte más antigua del cementerio de Ciriego se encuentra la tumba perteneciente a la familia de Menéndez Pelayo. En realidad, según podemos leer en el libro de registro del propio camposanto, página 84, con fecha de 20 de julio de 1895, en esa tumba descansan los restos de dieciséis personas, sin contar por supuesto el cadáver de don Marcelino, pertenecientes a las familias Menéndez, Pelayo y Echarte.

El abandono

Ciertamente el cementerio de Ciriego recoge buena parte de la historia local. Aparte de otros datos y consideraciones, en él descansan personalidades destacadas de nuestra historia, y muchas de ellas en las manzanas más próximas a la entrada, en la zona de panteones a menudo espectaculares, fruto muchas veces del deseo de perpetuidad y recuerdo en los vivos de quienes ya nos han dejado sin remedio. Lo que resulta verdaderamente llamativo es el abandono que aguarda a estos mausoleos si no quedan herederos ni familiares, aun cuando en ellos descansen escritores como Enrique Menéndez Pelayo. Evidentemente sabemos que a ellos no les puede traer a la vida ninguna mejora en sus tumbas, pero no creo que sea tan costoso realizar obras reales de adecentamiento y cuidado de estos lugares, osarios de almas buenas que, como Enrique Menéndez, escribieron páginas notables de nuestra historia. Ahora es triste comprobar cómo nadie distingue esta tumba, cómo pasa desapercibida, humilde construcción de la que no queda sino una mitad de una lápida en la que sin duda en su día se leyó: “Familia Menéndez Pelayo”.

Propiedad de los Menéndez Pelayo

Los Menéndez tenían las parcelas 21 y 86 del cementerio de San Fernando, en la calle Alta. He de suponer que la titularidad de esas parcelas era del padre de Marcelino, llamado Marcelino Menéndez Pelayo, que fue catedrático del instituto y alcalde de Santander. En estas parcelas de San Fernando habían sido enterrados Antinógenes Menéndez (tío de Marcelino Menéndez Pelayo), Agustín Menéndez Pelayo (hermano), Eladia Echarte Maza (su primera cuñada) y Juan Pelayo España (tío). Sus restos fueron trasladados de un cementerio a otro, cuando se decidió cerrar el de San Fernando. Además de otros familiares, cuyo detalle consta en dicho libro registro, en esta tumba de Ciriego está enterrada María Jesús Pelayo, madre de Marcelino, fallecida a los 81 años y sepultada el 2 de septiembre de 1905; Enrique Menéndez Pelayo, fallecido a los 59, sepultado el 24 de agosto de 1921; y su segunda mujer, María Echarte Maza, fallecida a los 80 años, sepultada el 4 de diciembre de 1940. No figura en el registro, o acaso mi torpeza no ha dado con su nombre, el padre, Marcelino Menéndez Pintado.

 

Barrotes y cadena de hierro

 

Con respecto a los barrotes y adornos de hierro que rodean la tumba, hay un dato curioso que identifica esta tumba de los Menéndez con la que tiene en el cementerio de Entrambasaguas la suegra de Enrique Menéndez Pelayo, doña Luisa de la Maza. Según puede leerse en una carta de 1906 escrita por el párroco de ese pueblo, don Joaquín Mesones, en respuesta a una del propio Enrique Menéndez, este pretendía incorporar en ella una “cadena o barrotes para que marquen o defiendan la tumba”. Sin duda ha de tratarse de un adorno parecido al que quizá el propio Enrique puso en la tumba familiar de Ciriego y que hoy en día está en tan mal estado.

 

El sepulcro de don Marcelino por Victorio Macho

 

Durante sus estancias en Santander y siendo joven estudiante en Madrid, Victorio Macho (1887-1966) mantuvo su interés por captar rasgos e impresiones de posibles modelos para sus obras. Uno de los personajes que más le gustaba, según sus propias palabras, era Marcelino Menéndez Pelayo: “Le acechaba en la Acera del Correo y no le abandonaba hasta que entraba en su casa de Gravina. Aquella hermosa cabeza, ¡qué maravillosamente plástica era…! La nobleza y la bondad risueña, el gesto de abstracción y la luz del genio me acuciaban con unas prisas tremendas por dibujarlo y esculpirlo”. Macho llegó a velar el cadáver del polígrafo montañés y llegó a realizar un busto que se conservó en el Círculo de Recreo de Santander hasta que fue incendiado en 1931. Aunque su proyecto de monumento para la Biblioteca de don Marcelino no fue el elegido (lo hizo, como es bien sabido, Mariano Benlliure), al final de su vida, entre 1956 y 1958, realizaría el monumento funerario del sabio, soberbio conjunto escultórico de carácter religioso, en la Catedral de Santander. Marcelino Menéndez Pelayo aparece con hábito de franciscano. Una curiosidad que acaso no sea muy conocida es que el artista usó para la cara del sabio montañés el molde correspondiente a Pablo Iglesias, fundador del PSOE, tal era su parecido.


 


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