Leopoldo Rodríguez Alcalde (Santander, 13 de junio de 1920 – 20 de agosto de 2007), una de las personalidades más conocidas en la cultura santanderina, fue, además de escritor y crítico de arte, un notable poeta. Entre otras obras, dos antologías, Jugando a la vida (Santander, 1982) y Canciones para una biografía (Aldebarán, Madrid, 1995), además del libro de Mario Crespo La esfera de la dicha (2007), nos acercan a la obra poética de este intelectual. Recuperamos ahora en La Palabra Olvidada una entrevista que Mario Crespo hizo a su amigo Leopoldo en 2005 y que fue publicada en el Alerta de finales de ese año.
“Mi biblioteca es un gran regalo para la ciudad de Santander”
Si tenemos que hablar con alguien que guarde memoria de los hechos de Santander desde los años veinte, ése es, sin duda, Leopoldo Rodríguez Alcalde. Sus achaques de salud no le impiden hacer gala de una memoria prodigiosa de los acontecimientos sucedidos en la ciudad, incluso durante su infancia. Dos obras de Leopoldo son especialmente valiosas para el conocimiento de nuestra historia, Crónica del veraneo regio, divertida evocación de la presencia de los reyes en Santander y la ciudad del primer tercio del siglo XX, y Miradas y situaciones, sus memorias hasta finales de los cuarenta. A Santander, este poeta y crítico de arte, traductor y articulista, extraordinario lector, experto en casi todo lo que tenga que ver con la cultura del siglo, le ha legado su valiosa biblioteca de 25.000 libros, además de su curiosa colección de miniaturas. Entablamos diálogo una fría tarde de diciembre, en el despacho de su casa del Paseo Pereda, rodeados de miles de libros, mientras Cotera saca las fotos que ilustran estas páginas.

Mario Crespo y Rodríguez Alcade en el Restaurante Goya de Santander
El Santander de la primera mitad del siglo XX
Hay un libro que has publicado hace no mucho tiempo, Miradas y situaciones, que podríamos decir que son las memorias de parte de tu vida más o menos hasta finales de los cuarenta. Obviamente, Leopoldo, el Santander de esos años ha cambiado mucho con respecto al actual…
Desde luego que sí.
La fecha del incendio de febrero de 1941 seguramente sea una de las fechas clave de la historia de Santander, ¿no crees?
(Irónico). Hace muchos años había en el salón de ceremonias del Gobierno Civil tres grandes paredes que estaban cubiertas por magníficos murales de momentos cumbre de Santander, y éstos eran la peste del siglo XVI, la explosión del Machichaco y el incendio de Santander, ¡fíjate qué tres hechos más divertidos!
Leyendo tu libro uno se da cuenta de lo mucho que ha cambiado la ciudad por ejemplo en el ocio. Mencionas mucho el cine…
Ese cambio ha sido a nivel mundial. El cine hoy en día casi ha desaparecido, comparado con lo que fue. No tenemos más que ver que el Teatro Pereda, el Gran Cinema, el Coliseum…todo lo que parecía el triunfo del cine ha desaparecido. Para nosotros el cine era media vida. Medio tema de conversación era las películas que habíamos visto el día anterior. Y es que al cine iba todo el mundo. Ya sabías a las cuatro, a las siete o a las diez adónde ir.
También aparece el género frívolo y de la revista… ¡Y es que fuiste uno de los espectadores más prematuros!
Mi padre me llevó siempre con él desde que tenía cinco años. Se lo comentaba un día a Celia Gámez: “¡Y pensar que yo te he visto debutar!”. Y me decía: “¡Si tú no habías nacido!”. Y era verdad, no es que la viera en el día de su debut, pero sí en la primera obra que la hizo célebre, Las castigadoras.
“Los años de inicio del FIS los recuerdo como si los estuviese viendo ahora mismo”

Rodríguez Alcade, conferencia en el Ateneo de Santander
Has tenido una gran vocación de teatro, has visto mucho teatro y has escrito teatro. Desde muyjoven has tenido mucho gusto por la escenografía…
Todo eso me viene del teatro y del cine.
Un cine que, por cierto, aparece en uno de tus primeros poemarios, Danza de medianoche.
Ahí todo es cine. Pero un cine que me inventaba yo a la vista de las películas.
Nosotros hemos hablado alguna vez de las destacadas figuras de tu padre y tu tío en el Santander del primer tercio de siglo.
Mi padre era el único especialista en cáncer hasta la creación del hospital Valdecilla. Además tenía aparato para el tratamiento con radium, sustancia que se empleaba para el cáncer. Era liberal, como casi todo el mundo lo era entonces. Mi tío Carlos era uno de los ginecólogos más importantes de aquella época.
Son aquellos veinte unos años interesantes para Santander, se forma el Ateneo, el Ateneo Popular…
Bueno, tampoco demasiado porque no había un ambiente literario. Escritores en los años treinta estábamos Paco Fuentenebro y yo.
Pero es verdad que a través de las relaciones sociales de tu padre conociste a personajes destacados de la ciudad…
Por de pronto a toda la plana mayor de la izquierda y a toda la plana mayor de la derecha. De la izquierda, Bruno Alonso, Matilde de la Torre, Paco Noreña, presidente del Frente Popular, Matilde Zapata, de quien guardo un recuerdo muy especial, y el diputado Ramón Ruiz Rebollo. Y de la derecha, Eugenio Vegas Latapié, hombre de confianza del Conde de Barcelona, José Luis Zamanillo, que fue presidente del partido requeté, Francisco Nárdiz, Ignacio Romero, Pedro Sainz Rodríguez, Eduardo Pérez del Molino…
Incluso tienes un recuerdo de José de Ciria…
Yo tenía dos años, pero guardo recuerdo de cuando me regaló un juguete, un gato mecánico.
Tienes otro libro, Leopoldo, Crónica del veraneo regio, donde recuperas a un cronista social, “Montecristo”.
Aparte de la crónica diaria que publicaba en El Imparcial, era conocido por una serie de artículos sobre los palacios de Madrid. Era el periodista mimado de los salones aristocráticos. Además, curiosamente, Montecristo había nacido en esta misma casa.
Has tratado el tema de la Universidad Internacional y los inicios del Festival en el Cancionero de Monte Corbán, tu primer gran libro de poemas, que sé que para ti es un libro especial.
Lo es. No por la Universidad o el Festival en sí, sino por el paisaje, los amigos… El escenario ha sido para mí muy importante, en todo poema mío sale a relucir el mar, el cielo, la luna… Esos cinco años, de 1947 a 1951, los recuerdo como si los estuviese viendo ahora mismo. Recuerdo la pequeña pandilla de amigos.
La creación literaria
Tu obra poética está recogida en Jugando a la vida y antologada en Canciones para una biografía. Leopoldo, ¿al poeta alguna vez le queda algo por escribir?
No, ni al poeta ni a nadie. Verás, lo que sale del interior de uno, sale todo, según sea cada cual. Lo que sale de uno, sale de uno nada más, no valen pandillas ni grupos literarios.
Tú eres de los que piensan que en poesía, además de una formación, tiene que haber sentimiento…
Fundamentalmente sentimiento. Sin sentimiento no hay poesía que valga.
Pero ya sabes que se ha calificado la poesía actual como muy cerebral o muy fría.
Pero esa frialdad procede al fin y al cabo de uno mismo.
Entre toda tu poesía, compuesta por una veintena de poemarios, ¿qué libro destacas?

Fotografía de infancia de Leopoldo Rodríguez Alcalde
Para mí el mejor de todos es La sonrisa en el espejo. Para mí ése es el decisivo. Una serie de imágenes de la mujer en lo que me sugieren por sí mismas, pero inspirándome en cuadros. Procede de la carpeta que hice con Juan Cagigal.
Cuando se habla de tu poesía hay que mencionar además tu Antología de la poesía francesa contemporánea.
Sin duda. Abarca perfectamente la poesía francesa del año veinte al cincuenta y hoy podría reeditarse tranquilamente tal como está. En general, vale todo lo que aparece en ella.
Salió publicada en Proel, en el año cincuenta, y se nota que la hiciste con todas las ganas. Los versos están traducidos por un poeta.
Ya te digo, se puede reeditar ahora mismo, con un cambio de título, Treinta años de poesía francesa, o algo así.
Una de tus facetas más interesantes es la de traductor.
Es que siempre he tenido una facilidad enorme. Estoy leyendo el verso extranjero y se me queda en castellano. Con la peculiaridad de que el verso francés es fundamentalmente alejandrino o eneasílabo.
¿Qué destacas de aquellos años de Proel?
De aquella época quiero destacar el impulso que dio a la cultura en Santander el gobernador Joaquín Reguera Sevilla. Se limitaba a pagar las actividades, jamás nos imponía ninguna consigna a ninguno.
El día 20 hay en el Ateneo un homenaje a Ricardo Gullón, que es seguramente uno de los grandes personajes de la cultura del Santander de esos años cuarenta y cincuenta.
Desde luego. Tuvo una tertulia en La Austriaca, todos los domingos, durante años. Además fue un hombre tremendamente generoso con la gente joven, por ejemplo para prestar libros, muchos de los cuales no los había por aquí.
“Tengo unos cuatro mil libros sólo de teatro, español y extranjero”
No quiero seguir la entrevista sin mencionar a otro personaje importante, Ignacio Aguilera.
Aparte del impulso que dio a la biblioteca, el Festival Internacional tuvo su origen en él. Encontró la estupenda mano de Manolo Riancho, pero la iniciativa fue suya: “Vamos a hacer durante todo el curso actos nocturnos de folklore español”. Así empecé yo a tratar con él. En vista de esto se sacó a la calle y empezó el Festival. El primer año se celebró en Corbán, el segundo año en el Palacio de la Magdalena y después en el Hospital de San Rafael. Tuvieron éxito al principio las representaciones que montaba Tamayo con El gran teatro del mundo. Al principio no había
Aguilera es también el promotor de una colección antológica de escritores montañeses, algunos no han vuelto a ser ni estudiados ni editados desde entonces.numeración de sillas, te sentabas donde podías. A los tres o cuatro años de aparecer el Festival ya estaba dentro de la Unión Europea de Festivales, que entonces estaba compuesta sólo por siete u ocho.
Llegaron lo menos a cincuenta libros. El único autor del que han aparecido nuevos textos, entre los que yo colaboré, ha sido Ciria, que precisamente apenas tiene obra.
¿Qué opinión te merece la poesía actual en nuestra región?
Hay gente como nunca, está animadísimo. Pero da la sensación de que no hay solidaridad, no hay pandillas ni grupos, va cada uno por su lado. El nivel es estimable, desde luego. Fíjate en la antología de mujeres que han hecho, son como veinte o treinta.
La biblioteca
Hay varios datos sugerentes de tu biblioteca. Uno de ellos es el hecho de que la crítica y el ensayo que has escrito han salido exclusivamente de la información que hay en ella.
Eso que le encantaba decir a Menéndez Pelayo cuando hablaba de su Historiade las ideas estéticas, que había escrito sólo con su material. Yo he escrito todo con mis propios libros, no he tenido que recurrir a nadie.
Pero tú, Leopoldo, en realidad no eres un bibliófilo…
No, la biblioteca no tiene valor de bibliófilo. Lo que pasa es que tengo muchos libros agotados por los que muchos bibliófilos pagarían lo que fuera. Pero en cambio la biblioteca tiene todo el valor literario que quieras: toda la obra literaria mundial que podamos tener en España está aquí.
No estamos hablando sólo de literatura contemporánea…
No, también de clásicos, griegos y romanos, e incluso de literatura de países orientales, mucho menos conocida. Además de varios miles de libros en francés.
Y tienes una serie muy interesante de obras de teatro.
La serie de teatro es enorme, porque no bajarán de cuatro mil libros. Tengo prácticamente todo el teatro español hasta más o menos 1970: por de pronto, tengo enteras las dos grandes colecciones de La Novela Teatral y La Novela Cómica; solamente las dos son seiscientas piezas. Además tengo la colección de La Farsa, que comprendió desde el año 1926 hasta la Guerra. Y también muchos ejemplares sueltos de las colecciones que había por entonces, Comedias, El Teatro Moderno… O sea, del teatro español tengo todo lo importante y muchísimo de lo no importante, pero de éxito en la época, por ejemplo del teatro lírico. Ten en cuenta que del teatro frívolo del que hablamos tengo la mayor parte de los títulos. Y una colección prácticamente entera de libretos de ópera. Y luego el teatro actual extranjero, que deben de ser cerca de mil títulos. El teatro francés lo tengo prácticamente entero, hasta 1970. Lo importante del teatro universal está en mi biblioteca.
Pero, ¿cuál es el origen de este tesoro?
La biblioteca de mi padre, que tenía, entre otros, una colección enorme de libros de medicina. Además era muy buen lector: tenía completa la obra de Benavente, Zola, Víctor Hugo, Baroja, Galdós y Blasco Ibáñez.
¿Cuántos libros tienes aquí, en el piso?
Calculo que diez mil.
¿Y el resto?
Están en la biblioteca municipal. Allí habrá unos quince mil. En total estamos hablando de 25.000 libros.
La pregunta que se harán los lectores es si te los has leído todos…
Esa pregunta es inevitable, se hace siempre, y sienta como un tiro.
Lo interesante de la biblioteca, aparte de todo el uso que la has dado, es que es una biblioteca que queda para Santander, que es una riqueza cultural enorme.
En efecto, quiero destacar el conjunto de libros que queda para Santander. No se pueden comparar, pero mi biblioteca viene a completar las de don Marcelino y la de Cossío, en la medida de que tengo lo que no tienen ellos, lo actual.
La colección de arte
Tu colección de obra gráfica es la mejor de España, según Fernando Cordero, de la galería La Caja Negra, considerando las piezas aisladas y que pertenecen a una colección global con ejemplares imposibles de encontrar hoy en día.
Hay unos sesenta artistas de fuera de España.
De hecho ha habido varias exposiciones seleccionando la obra gráfica, en el Museo de Bellas Artes, la Fundación Botín, el Palacete del Embarcadero… ¿La obra gráfica es la parte más valiosa de tu colección?
En cierto sentido sí, porque la obra colgada no tiene unidad. Colgados tengo trescientos cuadros. Pero entre ellos tengo dos óleos de María Blanchard, tres óleos de Pancho Cossío, siete dibujos de Riancho, varias piezas de Benjamín Palencia, Álvaro Delgado, García Ochoa, Vaquero Turcios, Saez…
Además está, no nos olvidemos, la colección de miniaturas…
Tengo ciento cuarenta. Van a ir al palacio de la Magdalena, porque me ha parecido que teniendo en cuenta que la Magdalena es un recinto regio y que además se visita, pueden quedar allí muy bien colocadas.
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