Quisimos tanto a Maiakovski

Miguel Ángel Chica

Este es mi corazón.
No late. Lllora.
(Vladimir Maiakovski)

Maiakosvki (espritsnomades.com)Se sentó, se estiró los puños de la camisa, quizá echó un último vistazo al cuaderno sobre la mesa, quizá también a sus zapatos gastados. Acomodó los cojines. Había sido un niño georgiano que un día adivinó lo que había detrás de las montañas: Rusia. Fue poeta. Era bueno. Escribió unas memorias fragmentarias, a los treinta y pocos, lo cual es indicativo. Fue publicista también. Propagandista de la revolución. Tenía una mirada hosca y una vez en un tren le dijo a una señorita: no tenga miedo de mí, no soy un hombre, soy una nube en pantalones.

Y cuando joven y bocas fundó la poesía futurista con amigos poetas a los que nadie hacía caso, pero eso es lo que hacen los poetas jóvenes: manifiestos. Patada en la boca del gusto del público, algo así, le puso Maiakovski a su rumba. Consideraba. Hombre inquieto. Largos poemas. Siempre escarbando en la forma. Pero había cosas debajo de los márgenes, la tipografía caprichosa, los dibujos. Era un hombre que sufría, Maiakó, a su manera, mi Vladimiro.

Un hombre de la revolución. Epopeyas a Lenin, giras por los teatros. Puso su talento al servicio de la propaganda de Estado. Yo no juzgo a Vladimir. Todos somos esclavos de nuestro tiempo y nuestro reloj de dentro que hace tic tac. De los sueños, también. Era poeta. Era bueno. Y se enamoró de una mujer casada. Y después de una actriz casada. Le dolió más la primera. Se llamaba Lili Brik. Y cuando se lo encontraron entre almohadones con un disparo en el corazón, preguntaron a Lili, y ella se limitó a responder que Maiakó ya lo había intentado previamanente varias veces. Finalmente un hombre termina por conseguir lo que quiere. No había nadie en la habitación cuando observó por última vez el color blanco de los puños de su camisa, su mirada de ogro asustado en el espejo del cuarto de baño.

Escribió, para Lili: como copa de vino en la mesa de un brindis, alzo mi cráneo lleno de poemas. Eso le dio. A ella y a todos. Los amigos, uno se los imagina llevándose a Maiakovski de copas: no te enfades, Vladimir, todo tiene arreglo. Y es solo que a veces las cosas se juntan, supongo. Demasiadas referencias al suicidio en su obra. Todos esos poemas en los que hablaba de una bala y una pistola. Uno se cansa de manifiestos, peleas literarias, querer a escondidas.

Es cuando muchas cosas pequeñas se juntan cuando un hombre se termina rompiendo.

Nunca fue optimista, Vladimir. Y bramaba furioso contra un Dios en quien no creía. Gritaba porque Lili Brik existía y él solo podía rozarla. En algún momento descubrió que ser el amante es un juego gracioso hasta que te enamoras. Nadie abandona a un marido en Petrogrado por un poeta del Caúcaso, Maiakó. Conoció a Veronika, que era actriz, y estaba casada también. Así era el hombre. Las actitudes son un espejo. Y siempre se puede intuir algo del carácter de alguien que solo se enamora de mujeres casadas. Era poeta. Y bueno. Una nube con pantalones. Buscando dolor. Buscando imposibles.

Demasiadas contradicciones. Tuvo que conciliar una poesía individualista y subjetiva – hizo poema toda su vida – con el arte estatal. El alma de un niño del campo con el asombro de la ciudad. El ateísmo y las oraciones. El amor con el miedo. No pudo.

En los últimos días estrenó una obra de teatro. El establishment se la puso a parir. Maiakovski se defendió colgando un cartel en el que esgrimió sus razones: no se puede bañar de un golpe al enjambre de burócratas: no habría ni suficientes baños ni suficiente jabón. Luego se echó atrás. Arrancó el cartel. Es cuando muchas cosas pequeñas se juntan cuando un hombre se acaba rompiendo. Fue Lili Brik, fue el Cáucaso, el padre muerto y las montañas que una mañana cruzó para entrar en Rusia, fue Veronika y el cartel que él mismo dejó caer a sus pies. A veces un hombre se cansa y ya no puede soportar seguir viéndose las manos.

Con su muerte se hizo un poema. Con los fragmentos de ese poema final garabateó una nota de despedida: lamento haber quitado el cartel, debí haber peleado hasta el final, escribió en la posdata.

Acomodó los cojines, para que su cadáver no se venciera a los lados después del disparo. Quería que lo encontraran erguido. Después se pegó un tiro en el corazón. Llevaba una camisa blanca. Y yo sigo releyendo fragmentos del adiós que nos escribió con su mirada de niño georgiano: Como se dice, el incidente está zanjado,

la barca del amor
se rompió
contra la vida cotidiana.

Posted by La palabra olvidada in : Equipaje de mano, No hay comentarios

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