De la página a la pantalla

Mario Crespo

 

El nombre de la rosaDurante estos días se ha celebrado en el Ateneo de Santander, organizado por la Real Sociedad Menéndez Pelayo y dirigido por el catedrático José Manuel González Herrán, el curso “De la página a la pantalla”, sobre las relaciones entre la literatura y el cine. Varios expertos, profesores universitarios, han analizado algunas conocidas adaptaciones: Ángel Abuín “El chico de la última fila” de François Ozon, basada en la obra teatral de Juan Mayorga; Antonio Santos “Las uvas de la ira”, de John Ford, basada en la novela de Steinbeck; José Luis Sánchez Noriega “Los santos inocentes” de Mario Camus, basada en el texto de Delibes; y González Herrán la serie “La Regenta”, de Fernando Méndez-Leite, basada en la emblemática novela de Clarín.
La oportunidad del evento me coincide personalmente con la lectura que vengo realizando desde hace algún tiempo de la obra de uno de los intelectuales españoles más importantes y lúcidos de las últimas décadas, el barcelonés Félix de Azúa, que precisamente en su “Diccionario de las artes” afirma que “querer introducir al cine en la familia de las artes, cuando tiene la fortuna de haberse librado de ellas, es una cursilería”. La petición de Azúa de no mezclar el cine con esas artes “tradicionales” desaparecidas o en trance de desaparición desde hace tiempo (entre ellas algunas formas más o menos tradicionales de literatura), tiene una trascendencia sobre el debate de la modernidad y posmodernidad en el que no puedo, por mi manifiesta incapacidad, entrar; pero tal aseveración sirve de paso para reafirmar una distinción que ha de tenerse clara a la hora de ver la relación entre cine y literatura: ambas son manifestaciones “narrativas” distintas, utilizan códigos propios, aunque podamos hablar de la “técnica cinematográfica” para hablar de algunas novelas o de la “proximidad a la novela”, por ejemplo, para hablar de ciertas películas. Así, la novela “El nombre de la rosa” de Umberto Eco está en un ámbito distinto que la película “El nombre de la rosa” de Annaud, aunque esta se base en la obra literaria; lamentarse de que una película no muestre todos vericuetos de la novela que intenta “adaptar” es un debate en cierta manera injusto: es imposible que la película “El nombre de la rosa” desarrolle todo el debate filosófico bajomedieval con el que Eco juega. Es más, es mejor que no lo pretenda, por el bien del propio filme y la salud del vidente. Es otro lenguaje, es otra pretensión, es otro público (aunque lector y espectador coincidan).
Mario Camus no podía llevar a pantalla “La colmena” sin hacer una lectura personal de la obra de Cela, servirse de una excelente historia caleidoscópica para recrearla y transmitirla con el lenguaje propio del cine. Cuando digo “lectura personal” no me refiero a que el director y su equipo de guionistas pongan uno de esos “toques personales” que son capaces por sí solos de destrozar una buena historia, sino de que la narración mantenga su ritmo utilizando los recursos cinematográficos que los maestros del cine conocen, que hagan la justa selección argumental, que permitan que la historia sobreviva sin que el espectador tenga como referente el recuerdo de la novela. Cuando el mismo Camus “adapta” la exitosa novela de Delibes “Los santos inocentes”, siendo estrictos en una comparación insisto que odiosa entre película y libro, ha de llevar a cabo modificaciones importantes que refuerzan el valor de la película y no por ello reducen el mérito de la novela: los cuatro “flashbacks” incorporados en la película otorgan a la historia una dimensión muy destacada: la sensación de que la cruda realidad del cortijo ha cambiado, que una nueva generación de jóvenes busca otra cosa que la vida bajo un crudelísimo servilismo. Sabido es que Camus ha “adaptado” varias obras literarias, entre otros algunos cuentos de su amigo Ignacio Aldecoa, y ha colaborado en varios guiones adaptados, pero al fin y al cabo, sean sus historias consecuencia de la lectura de una novela  o sean fruto de sus propios textos, en realidad lo que se necesita siempre es una buena narración. Por eso, máxime en este caso, el cineasta es un “escritor”. Y por eso, digo de paso, tantas películas actuales, algunas muy promocionadas como hitos del “séptimo arte”, flojean estrepitosamente en el guion: han sido meros remedos literales y acríticos de novelas o son obra de una impericia castrante en el manejo del texto.

Posted by La palabra olvidada in : El signo tenue, No hay comentarios

Deja un comentario

  • A día de hoy

    marzo 2017
    L M X J V S D
    « may    
     12345
    6789101112
    13141516171819
    20212223242526
    2728293031  
  • Han comentado…

  • Cajón desastre (por fecha)

  • Categorías

  • Tags

  • Contacta con nosotros