Texto de J. Ángel García.
Frías tardes de invierno
En este día de frío Santanderino, apoyado en una farola de la plaza del Ayuntamiento, con las manos heladas y la nariz roja, observo cómo desde el cielo, lentos y suaves, caen copos de nieve como la fibra de algodón que está en disposición de hilarse. Y un niño de nueve años, juguetón y sonriente, levanta su vista y extiende sus manos abiertas para poder atraparlos.
Por las puertas del Ayuntamiento salen dos concejales frotándose las manos, eso bien podría recordarme a un día de verano.
Imito al niño y mirando hacia arriba me veo a mí mismo un 15 de Enero, allá por el 85, cuando la calzada cubierta por un manto blanco me dio la oportunidad de hacer mi primer y único muñeco de nieve, guardaba en el bolsillo una zanahoria que utilizaría como nariz para aquel gordito de tres bolas blancas colocadas en vertical, de mayor a menor, aquí mismo, en esta plaza, frente al Ayuntamiento, junto a otra farola, a la que ahora echo de menos.
Con el frío en el cuerpo comienzo a caminar hacia la Alameda de Oviedo, ajusto mi cazadora, meto las manos en los bolsillos y tapo a la ligera mi nariz con su cuello.
Voy cruzándome con la gente, que a causa de la bajas temperaturas, camina a paso liguero expulsando por la boca humo blanco como trenes de vapor. Unos salen de las cafeterías, algunos entran y, otros, inmóviles, están sentados en la acera, junto a una lata vacía, esperando a que alguien la llene de monedas.
Ya a lo lejos veo las Cuatro Estaciones, allí está, es la misma, junto aquella farola hice mi primer muñeco de nieve, centenaria farola que durante mucho tiempo lució su figura en la plaza del Ayuntamiento, ahora está aquí en la Alameda de Oviedo. Ojala cuaje la nieve, pienso, y aquel niño de la plaza pueda hacer su muñeco, y ponerle una nariz de zanahoria, y tener su propia farola, para no olvidar, lo bien que lo pasó aquella fría tarde de invierno.







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